SEREMOS GATAS, DE ACUERDO, SEREMOS GATITAS SI SE EMPEÑAN, PERO CON ALAS. IMAGÍNATE, LAS MUJERES Y LAS GATAS EN CASITA, RONRONEANDO Y LAVÁNDONOS LA CARA TODO EL RATO, QUÉ MÁS QUISIERAN ELLOS. PERO NOSOTRAS NO, NOSOTRAS VAMOS A VOLAR.
"Regiones devastadas" Enriqueta Antolín

jueves, 25 de septiembre de 2008

Sadomasoquismo

Para mi hermana postiza, porque a veces basta con un poco de pegamento



La miró a los ojos y le rompió el corazón despacito, se tomó su tiempo igual que los niños crueles que estudian el umbral de resistencia de las mariposas, sólo le falto sacar una libreta para tomar notas, y al acabar ella se sintió importante de una manera estúpida, como las grandes divas de la ópera, o como si hubiera ayudado a despejar las viejas incógnitas de una extraña ciencia. Desde ese momento exhibió su órgano mutilado con el orgullo de las heridas de guerra, y no perdía ocasión de explicar a cuantos quisieran oírla: verá usted, es que me han roto el corazón, sabe?... no faltaban almas nobles que se ofrecían desinteresadamente a repararlo, pero ella siempre les mandaba amablemente a freír espárragos: en el fondo que hay al fondo de todos los fondos, durante ese momento que se le hizo eterno, había disfrutado de un modo que se le antojaba insano y completamente antinatural, como si fuera una especie de perturbada del dolor. Por eso empezó a preguntarse si él habría sentido lo mismo, y para averiguarlo se dedicó también a romper corazones indiscriminadamente. Algunos se hacían polvo con sólo tocarlos, como las hojas secas, otros eran tan duros que había que liarse a golpes para hacerlos añicos, pero también estaban los que se escurrían entre los dedos como gelatina, con aquellos no había nada que hacer. Quizá pensara que lo mejor era el principio, cuando nadie sospechaba lo que iba a pasar y su objetivo latía alegre y despreocupadamente, o incluso el silencio inmenso como un mar que quedaba al final, sólo ella puede saberlo. Después todo eso dejó de parecerle suficiente y empezó a comérselos a mordiscos: alimentarse del amor ajeno le llenó los ojos de estrellas y las mejillas de un rubor perpetuo, pero también le quitó definitivamente el sueño y las ganas de cenar.

Ahora dicen que lo ha dejado por fin, que la han visto junto a un chico alto y moreno y que ambos llevaban sendos costurones en la parte izquierda del pecho, pero yo no me lo creo. Me los imagino a los dos arrancándose el alma a tiras en mitad de la noche, despertando después entre los restos de la carnicería para preguntarse con voz dulce cariño, qué te apetece para desayunar, y creo que se me ha roto el corazón con el mismo crujido imperceptible que emitió el suyo el día en que, mirándola a los ojos, le dije despacio que no la quería.

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